Juan Rivadeneira

@juanchoriva

Los altos números de imagen positiva de los que goza el Presidente Moreno, en ningún caso, son el único indicador de poder político. Si bien es destacable el enfoque de diálogo planteado por el Ejecutivo para bajar tensiones en el país, estos esfuerzos son insuficientes para avanzar un proyecto político (si este existe) y no aseguran gobernabilidad.

Analistas, empresarios y varios actores de la sociedad ponderan que “Moreno es muy fuerte porque el 75% lo respalda”. Esta afirmación carece de rigurosidad técnica ya que una cosa es respaldo, otra simpatía y otra ejercicio del poder. Es cierto que varios estudios de opinión ubican sobre los 70 puntos a la imagen positiva de Moreno y su credibilidad ronda el 50%. No es menos importante señalar que, las preocupaciones de los ecuatorianos sobrepasan el 50% en temas relacionados con la economía. Este último asunto no ha sido atendido por el Gobierno (el descontento empresarial es otra evidencia) y no ha presentado un plan -apenas reducidas acciones impositivas- hasta la fecha.

En la práctica, una importante evidencia de su debilidad ha sido la gestión de la reforma tributaria que se trata al momento en el Legislativo. El Presidente reculó en varias de sus propias iniciativas apenas días después de haberla presentado; sus asambleístas -que dominan la Comisión de trámite- calificaron como “muy mala” a la propuesta y que “no atendía los problemas de empleo del país” a la que cambiaron “el 50%” y; finalmente la vocería de respaldo fue extremadamente tibia al punto de que la reforma estuvo “huérfana” de acompañamiento político.

Un segundo ejemplo ha sido el manejo político del bloque oficialista. Si bien Moreno logró -por ahora- una mayoría relativa dentro de AP, es insuficiente para tener mayoría en la Asamblea. Para esto, deberá negociar permanentemente con otros bloques, es decir, ceder poder. Además, para conservar a “los suyos” también deberá negociar.

Estos son apenas pocos ejemplos que permiten señalar que Moreno -actualmente- es un Presidente débil, a pesar de contar con altos niveles de imagen positiva. Cuando el poder de quien conduce al país es cosmético y carece de profundidad, deriva en incertidumbre para todos los actores de la sociedad, más aún cuando la situación económica es adversa.

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