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Por Adriana Garcés

Después de dos largos años de incertidumbre política, catástrofes sociales y recesión económica, la decisión del senado brasilero ha sido tomada y Dilma Rousseff ha sido destituida de su cargo. Los empresarios dentro y fuera de Brasil celebran el fin de la gestión de Rousseff y la despiden con alegría y esperanza de algo mejor. Sin embargo, el camino no será fácil para su sucesor Michel Temer, quien deberá tomar las riendas de un país desbocado, enfrentar escándalos de corrupción y corregir la devastada economía del gigante sudamericano.

La amenaza más grande para el mandato de Temer será la operación ‘Lava Jato’, en la que se investigan los casos de corrupción dentro de Petrobras. Ello porque a cambio de una reducción en sus sentencias, importantes ejecutivos de Odebrecht, OAS y del mismo Petrobras, realizaron una declaración que implica no solo a Rousseff y a Da Silva, pero también a Temer en los negociados al interior de este escándalo. ‘Lava Jato’, se ha convertido para los brasileros, en una especie de esperanza de depurar el gobierno de corrupción y cambiar el rumbo de la economía; por lo que cuando la versión completa de esta declaración sea publicada, seguramente dará paso a una nueva avalancha de protestas y demostraciones públicas en contra de su mandato.

Para Temer, las soluciones viables para mantenerse en el poder parecen ser contradictorias. Por una parte, si quiere conservar el apoyo del Congreso, deberá traicionar a la población brasilera que clama por justicia y defender a más de 60% de miembros que han sido acusados de actos de corrupción. No solo ello, sino que también deberá ceder ante los pedidos del Congreso de que no se tomen medidas de austeridad inmediatas y radicales. Pero por otra parte, deberá responder a los empresarios, que representan el mayor apoyo social que ha conseguido hasta el momento, y que claman por medidas que reduzcan el déficit de más del 10% del PIB y que den indicios de un cambio positivo en la economía.

Pero esos no son los únicos obstáculos que Temer deberá sortear durante su mandato. La legitimidad de su cargo frente a la comunidad internacional se encuentra también en tela de duda y algunos gobiernos latinoamericanos se han pronunciado fuertemente. Entre ellos, Ecuador ha sido el vocero del tinte antidemocrático de la destitución de la expresidenta, no solo tachando al gobierno de Temer como ilegitimo, pero también enfriando las relaciones entre ambos países al llamar a consultas al Encargado de Negocios ecuatoriano en Brasil. Así mismo, veedores internacionales han tachado a la destitución de Dilma como un acto machista en el más alto rango de la política brasilera, y la elección de un gabinete compuesto por únicamente hombres, no ha ayudado a Temer a ganarse la confianza de movimientos feministas dentro y fuera de Brasil.

Para Temer, se comienzan a vislumbrar indicios de un crecimiento en las exportaciones, impulsado por la creciente confianza de inversionistas extranjeros y del bajo valor de su moneda. La recuperación económica será la única esperanza que le quede de tener un mandato relativamente tranquilo. Es que, si los estudios de opinión publica son ciertos, es muy posible que los brasileros estén dispuestos a ignorar los escándalos de corrupción que lo asechan, si sienten que su situación personal comienza a mejorar. Eso pasó con Da Silva hace más de una década y muy posiblemente hubiera pasado con Rousseff si Brasil no estuviera atravesando la recesión más larga de su historia.

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