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Por: Sebastián Hurtado                                                                                                                                                                                            @sebashurtado

 

Muchos ecuatorianos hemos seguido con interés la escandalosa campaña presidencial en los Estados Unidos. Quizá porque nos recuerda a las tradicionales campañas electorales ecuatorianas, pero también porque reproduce algunos procesos políticos acontecidos en el país en la última década.

Sin duda la campaña presidencial norteamericana 2016 ha mostrado similitudes de forma con las campañas presidenciales ecuatorianas, caracterizadas por el insulto y la amenaza, la mentira descarada, las ofertas desbocadas e imposibles de cumplir, los mítines violentos y la polarización extrema. Pero los paralelismos van mucho más allá de las formas.

Trump resultó elegido presidente contra casi todo pronóstico. Un logro monumental al tratarse de un “outsider” que no contó con un apoyo claro por parte del partido Republicano ni sus principales líderes y que enfrentó la oposición abierta de los medios de comunicación y de casi todo el “establishment” político, académico y empresarial de ese país.

Sin embargo, Trump supo hábilmente interpretar y explotar un amplio sentimiento de frustración entre los votantes americanos, que se sentían marginados económica y políticamente y a quienes ofreció reivindicación, enfrentando a los “culpables” de sus penurias.

Trump apeló a una gran masa de americanos de los estados centrales y en las zonas suburbanas y rurales de los Estados Unidos, que sentían que la realidad de su país no era lo que ellos esperaban, no sólo en términos económicos, sino también políticos. Y claro, la culpa de ello la tenían los mexicanos, los musulmanes, las grandes compañías que mudaban sus operaciones al exterior, los tratados comerciales, la globalización, la corrección política pero, principalmente, las élites económicas y políticas que sostenían el status quo.

Es por ello que el voto Trump, si bien tuvo un tinte xenófobo y racista, fue principalmente un voto “anti-establishment” en la persona que podía introducir cambios desde fuera de éste. “Si tu vas por el status-quo, nunca vas a conseguir que las cosas se hagan” dijo Trump durante la campaña. De ahí también la sorpresiva pérdida de Hillary Clinton, el claro candidato del “establishment”.

Cambiemos los personajes y los temas y nos encontramos en la campaña presidencial ecuatoriana de 2006. En esa ocasión, un “outsider” llamado Rafael Correa apeló al resentimiento de los ciudadanos frente a unas élites (establishment) que los habían mantenido relegados (a algunos durante siglos) a través de su influencia en la política y la economía del país. Los culpables en este caso también eran los partidos políticos tradicionales (partidocracia), los banqueros, los extranjeros, las burocracias internacionales, los tratados comerciales, etc.

Una hábil explotación de la frustración ciudadana es lo que permitió a Rafael Correa y su Revolución ciudadana, no sólo ganar varias elecciones, sino avanzar (para bien o para mal) una agenda económica y política de una escala sin precedente en la historia del Ecuador. Y que, sin duda, logró la inclusión de amplios sectores sociales que se consideraban tradicionalmente marginados.

Pero mientras la ola de frustración que navega Trump hoy está en su pico, la que navega la Revolución Ciudadana en Ecuador está hoy en un punto más bajo. Y es por ello que el resultado de las presidenciales de 2017, básicamente depende de cuánta frustración y reticencia frente a las élites tradicionales aún persiste en el electorado ecuatoriano, y en qué medida las candidaturas de oposición las representan.

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